LA CUESTIÓN DE LA MISA

por

Rodolfo Vargas Rubio

Uno de los legados más importantes de la Civilización de Occidente es, sin duda alguna, la misa romana según el rito clásico codificado por el papa San Pío V en el siglo XVI, siguiendo las pautas del Concilio de Trento (XIX de los ecuménicos). Este rito, sin embargo, sufrió un eclipse casi total después del Concilio Vaticano II, época durante la cual se verificó una verdadera revolución en todos los ámbitos de la Iglesia Católica, particularmente en el litúrgico. Para justificar los cambios, muchas veces llevados a cabo de manera arbitraria y dictatorial, se apelaba a un difuso y maleable “espíritu del Concilio”, que no era en realidad sino el pretexto para ir más allá – ultra vires – de lo que realmente había establecido la magna asamblea. De este modo, por ejemplo, a pesar de que la Constitución sobre Sagrada Liturgia había ratificado la vigencia del latín como lengua litúrgica del rito romano y la del canto gregoriano y la polifonía clásica como las formas musicales propias de la liturgia romana, y había declarado que era su voluntad conservar y promover por todos los medios todos los ritos legítimamente establecidos, en la práctica se introdujo un nuevo rito de la misa ( Novus Ordo de Pablo VI), que fue impuesto como obligatorio con exclusión del rito clásico (misa piano-tridentina), actuando los obispos como si éste hubiera sido prohibido, siendo así que no lo fue, como muy bien ha admitido recientemente el Cardenal Medina Estévez, prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y Mons. Ranjith, actual secretario del mismo dicasterio vaticano. En cuanto al latín y la música tradicional sacra, desaparecieron en casi todo el orbe católico.

La importancia que ha tenido la misa clásica romana para la Cultura es impresionante, como lo reconocieron en su día intelectuales de varias nacionalidades que subscribieron una petición a Pablo VI para que preservara el rito (entre ellos la nada sospechosa de integrismo católico Agatha Christie). No sólo se trata de un aporte que puede remontarse en sus raíces más antiguas hasta la época tardo-romana y que fue perfilado en su estructura en tiempos de Carlomagno, sino que se trata del rito que evangelizó Europa y toda América, amén de gran parte de África, Oriente y Oceanía. A través de él, la lengua de Roma se oyó en lugares en los que jamás se había hablado y se transmitió un modo universal de ver las cosas. En el plano artístico, fue en torno a la misa como se construyeron las grandes catedrales y abadías, centros de educación y civilización, y ella sirvió de inspiración al Arte en todas sus facetas. Los pintores y los escultores adornaron con sus mejores obras los retablos de los altares donde se ofrecía el Santo Sacrificio: piénsese en las innumerables telas y tablas del Renacimiento y el Barroco, en el maravilloso Transparente de la Catedral de Toledo o en el impresionante altar de plata de la Catedral del Cusco en el Perú. Asimismo, los mejores compositores le dedicaron las más hermosas producciones de sus musas: baste citar la Misa en sí menor de Bach (por cierto, ilustre protestante), el Réquiem de Mozart y la Missa Sollemnis de Beethoven, por no citar a los autores que por oficio se dedicaban a la música eclesiástica, como Palestrina o Monteverdi).

Las irreverencias, los sacrilegios, las profanaciones y la iconoclastia que se desataron en los años setenta con el pretexto del aggiornamento litúrgico y que relegaron el rito clásico a una situación de práctica proscripción, suscitaron la reacción de muchos sacerdotes y fieles, escandalizados por el giro de 180 grados que experimentó la vida espiritual y litúrgica católica como consecuencia de tales abusos. A veces dicha reacción fue sufrida, paciente y resignada; otras, fue más enérgica e, incluso, llegó a un extremismo vituperable. La más célebre protesta la encabezó el antiguo arzobispo misionero Mons. Marcel Lefebvre, que fundó la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X y desafió abiertamente las prohibiciones que se le quisieron imponer desde Roma. Pablo VI se mostró inflexible frente al prelado, pero Juan Pablo II quiso dialogar, aunque desgraciadamente no se pudo evitar llegar a una situación material de cisma pese a todos los esfuerzos desplegados por el entonces cardenal y hoy Papa felizmente reinante. De todos modos, piénsese lo que se piense sobre el affaire Lefebvre, no se puede negar que fue gracias al combativo arzobispo como se puso públicamente sobre el tapete la importantísima cuestión de la misa. El día esperado en el que el rito tradicional se declare oficialmente liberalizado se deberá en gran parte a su resistencia a toda prueba. También, a todas las organizaciones de seglares, como UNA VOCE INTERNACIONAL (con ROMA AETERNA como correspondiente en España), que desde muy temprano emprendieron la defensa de la misa de siempre.

Benedicto XVI ha mostrado desde antiguo su simpatía hacia el rito en el que, al fin y al cabo, como buena parte de obispos de la Iglesia Católica, fue ordenado para el sacerdocio. Siendo Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe participó en importantes eventos organizados a favor del retorno del rito clásico y no desdeñó oficiar, incluso de gran pontifical, en las ceremonias de las sociedades clericales surgidas del motu propio Ecclesia Dei adflicta dado por Juan Pablo II para dar una salida digna a los muchos sacerdotes, religiosos y seglares vinculados a las formas tradicionales de la liturgia romana mediante la Pontificia Comisión Ecclesia Dei , que hoy preside el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos. Es este purpurado quien, el pasado día 16 de mayo, en el contexto de la V Conferencia General de los Episcopados de Latinoamérica y el Caribe (CELAM) en Aparecida (Brasil), ha tenido una intervención[1] sin precedentes, al hablar abiertamente y sin tapujos de Ecclesia Dei y de la misa tradicional ante los obispos reunidos de un continente que fue evangelizado con esa misa y no conoció otra en cuatro siglos: la misma que alimentó la fe y la espiritualidad de millones y millones de almas a lo largo de generaciones; que animó a los misioneros a afrontar innumerables peligros –y hasta el martirio– al adentrarse por las abruptas montañas y densas selvas americanas sin otro bagaje que su misal, su cáliz y su patena; que produjo frutos de santidad como Rosa de Lima, Martín de Porras, Juan Masías, Mariana de Jesús Paredes, el indio Juan Diego, Antonio Galvâo y muchas más, y que, incluso, inspiró un espléndido arte mestizo del cual son exponentes las escuelas Cuzqueña, Quiteña y Mejicana, entre otras. Es una señal más de que no está lejos el día en que Roma, honesta y valientemente, dé finalmente la luz verde a un rito que nunca debió considerarse prohibido y cuyo retorno promete un incremento de la Fe Católica, por encima de mezquindades, partidismos y malevolencias. Que así sea.

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[1] El discurso del Emmo. Cardenal Castrillón Hoyos ante la CELAM puede verse en www.celam.info en el apartado de intervenciones de los dicasterios de la Curia Romana.